Su catálogo entiende lo que le piden
El lector pregunta con sus palabras, en su idioma, sin saber la jerga. Y encuentra — aunque el registro no comparta ni una palabra con lo que ha escrito.
El buscador compara letras. El lector piensa en ideas.
Un buscador clásico encuentra lo que comparte palabras con la consulta. Si el lector escribe con las suyas —y escribe con las suyas— no coincide nada, y se lleva un cero resultados sobre un fondo que sí tenía lo que buscaba. No es un hueco de colección: es un hueco de vocabulario.
Elija una consulta y vea qué encuentra
Todas están probadas sobre catálogos reales indexados. Fíjese en un detalle: en varias, la consulta y el resultado no comparten ni una palabra.
Al lado de su buscador, no en lugar de él
Se monta junto al buscador que ya tiene. Su Koha no cambia, su MARC no se toca y su catalogación sigue siendo la misma.
Se indexa el catálogo
Cada registro se convierte en una representación de su significado. El original no se modifica.
La pregunta, igual
Lo que escribe el lector se traduce al mismo espacio de significado, en el idioma que sea.
Se compara sentido
Se buscan los registros más próximos en significado, no los que repiten palabras.
Y se reordena
Un segundo modelo reordena los candidatos para que arriba quede lo que de verdad responde.
No sustituye a su buscador. Y no debe.
La búsqueda por significado es muy buena con lo aproximado y peor con lo exacto. Para una signatura, un ISBN, un número de registro o un título literal, el buscador de siempre gana — y debe seguir ganando.
Por eso conviven: el clásico para quien sabe qué quiere, el semántico para quien sabe lo que necesita pero no cómo se llama. Que suele ser casi todo el mundo que entra en un catálogo sin ser bibliotecario.
Probémoslo sobre su catálogo
Indexamos una parte de su fondo y le enseñamos búsquedas reales con sus registros. Con los suyos convence o no convence — con los de otro, no significa nada.