La IA no se inventa su catálogo
De un ISBN sale un registro MARC21 completo. Pero los datos vienen de fuentes bibliográficas de referencia, no de un modelo: la IA solo propone autoridades y clasificación, y todo lo revisa un catalogador antes de publicarse.
Casi todo lo que teclea ya está escrito en otro sitio
Catalogar un título desde cero se lleva entre quince minutos y media hora. Al ritmo de entrada de una biblioteca mediana, eso es una persona a jornada completa haciendo, en su mayor parte, un trabajo que ya está hecho en algún catálogo del mundo. Y el tiempo que se va ahí es el que no se dedica al fondo propio, que es el que nadie más va a catalogar.
«¿De dónde ha sacado esto?»
De cada campo se sabe su procedencia, y queda registrada. Este es un registro construido a partir de un ISBN, con el origen de cada línea.
Lo probamos con la IA haciéndolo todo. Salió mal.
La primera versión mandaba el ISBN entero a un modelo y le pedía el registro. El resultado tenía un problema serio: alucinaba en la metadata física — páginas, medidas, año. Datos que parecen correctos, que nadie comprueba, y que se quedan en el catálogo para siempre.
Así que se le quitó ese trabajo
Ahora la estructura del registro —título, autor, editorial, extensión, serie— se copia de fuentes bibliográficas. No se genera. Si la fuente no lo tiene, el campo se queda vacío en lugar de rellenarse con algo verosímil.
A la IA se le deja lo que sí sabe hacer y es difícil de automatizar de otro modo: proponer encabezamientos de materia y clasificación, y ayudar a casar el autor con su autoridad en VIAF o en la BNE. Y lo que propone sale marcado como propuesta.
Las fuentes que usaría usted, consultadas en orden
Según el país, la lengua y el tipo de documento se consulta a unas o a otras. Para un libro español la base es DILVE; para un artículo, Crossref.
Cada registro sale con un estado, y usted decide
Después de construirlo, un validador revisa el registro contra las reglas de MARC21 y RDA: longitudes de cabecera, códigos del 008, indicadores, puntuación, orden de subcampos, checksum del ISBN. De ahí sale el estado.
Correcto
Pasa las validaciones. Listo para que el catalogador lo apruebe.
Corregido
Tenía errores formales y se han arreglado automáticamente. Queda anotado cuáles.
Revisar
Faltan datos o hay algo dudoso. Va a la cola del catalogador señalando qué mirar.
Bloqueado
No se ha podido construir un registro fiable. No se publica: se dice y ya está.
Todo queda en un registro de auditoría que no se borra: qué fuente aportó cada campo, qué propuso la IA, qué corrigió el validador y cuánto costó procesarlo. Si dentro de dos años alguien pregunta de dónde salió una materia, la respuesta está.
Lo que cambia en el día a día del servicio técnico
De ISBN o DOI a registro
Se le da una lista y devuelve registros MARC21 estructurados, listos para entrar en Koha.
Autoridades enlazadas
El autor se contrasta con VIAF y la BNE, en lugar de escribirse de tres formas distintas en tres registros.
El catalogador aprueba
Su trabajo pasa de teclear a decidir. Que es para lo que hace falta un catalogador.
Coste conocido
Cada registro registra lo que ha costado procesarlo. Se sabe antes de lanzar un lote, no en la factura.
Donde no hay fuente, no hay milagro
Esto funciona muy bien con lo que está publicado y tiene ISBN o DOI: novedades, fondo moderno, revistas. Es justo donde se va el tiempo del servicio técnico y donde el trabajo es más repetitivo.
Funciona peor —o no funciona— con lo que no está en ninguna fuente: fondo antiguo, edición local, literatura gris, material de archivo, obra sin ISBN. Ahí el registro sale pobre o no sale, y lo cataloga una persona. No le vamos a decir lo contrario para cerrar una venta: precisamente la idea es liberarle tiempo para ese fondo, que es el único que nadie más puede describir por usted.
Pruébelo con cien títulos de su propia entrada
Le devolvemos los registros, con su estado y la procedencia de cada campo, para que los revise su equipo. Si no le convence lo que ve, ahí acaba.